Apadrinamientos S.A.

En los últimos años se ha producido un
notable incremento tanto en el número de ONG en el Estado español como en el
auge e importancia de su papel en la sociedad. Sin embargo, y a pesar de que no
se ponga en duda el papel de estas organizaciones en la erradicación de la
pobreza, su evolución y complejidad lleva a demandar unas nuevas pautas éticas
en sus actuaciones que les otorguen una mayor legitimidad moral frente a la
sociedad.

La creciente tendencia a la privatización de
lo social a que nos tiene acostumbrados el modelo neoliberal no es ajena a la
situación de la financiación de las entidades sin ánimo de lucro. Si bien la
consecución de una base social amplia es una de las mejores garantías de
independencia, estamos asistiendo a un traslado de dependencia desde los
recursos públicos a los privados, empezando así una especie de carrera y
competencia feroz por la captación de fondos que, en ocasiones, puede ir en
contra de los objetivos de transformación y denuncia e incluso, a veces, de
pérdida del respeto y consideración.

Las ONGD (Organizaciones no Gubernamentales
para el Desarrollo) españolas compiten por un mercado, el de donantes, y la
publicidad que utilizan está dirigida a él. Es inevitable que, para algunos,
las ONGD del Norte sean vistas únicamente como fuentes de fondos para el Sur,
lo que hace que la relación entre iguales, que es lo que debería fomentar la
cooperación, desaparezca. Esta actitud es muchas veces fomentada por las
propias organizaciones del Norte, mediante varias herramientas entre las que
sin duda destacan la publicidad y el apadrinamiento. Sin embargo, un modelo de
desarrollo más adecuado a los tiempos que corren debería defender el modelo de
intervención basado en el diálogo, la equidad, el respeto y el trato de igual a
igual, fomentando un desarrollo endógeno, que nazca desde el propio Sur. El
marketing en el sector no lucrativo sería entonces útil en la medida en que
ayude a incrementar la cifra de adeptos sin renunciar a la ideología.

El apadrinamiento, muy de moda en los últimos
años, es un sencillo sistema de canalización de fondos desde un donante a
alguien que aparentemente tiene un nombre y unos apellidos y vive en situación
de pobreza. Sin embargo, para algunos, entre los que me encuentro, el
apadrinamiento es de alguna manera una medida caritativa, asistencial, de mera
transferencia de fondos desde el Norte rico al Sur pobre, que trata de
canalizar fondos para atacar las consecuencias (el hambre, la falta de
saneamiento básico, etc.) más que las causas de la miseria y la exclusión. La
gran mayoría de asociaciones que optan por este sistema, sobre todo tras el
escándalo protagonizado por Intervida, han empezado a dejar más claro que, si
bien el apadrinamiento es a un niño concreto, la aportación económica está
destinada a toda la comunidad donde vive el ahijado, lo cual nos lleva entonces
a un segundo punto: el apadrinamiento no es sino una herramienta de marketing
que en muchas ocasiones juega con los vínculos afectivos y emocionales (niños
llorosos y desnutridos, sucios…) sin explicar las razones reales de la pobreza.
Es muy cierto que la sociedad en la que vivimos está muy necesitada de
emociones, pero no es más cierto que, utilizado así, no hace sino simplificar,
a mi juicio, un problema mucho más complejo y grave como es el de la pobreza en
el mundo. La principal crítica que le encuentro al sistema es, pues, de índole
cultural y formativo. El apadrinamiento no sensibiliza ni educa: puede llegar a
acabar convertido en un apunte en la cuenta corriente del padrino, como el
recibo de la luz o del agua. Puede convertirse (como de hecho está pasando) en
una costumbre consumista. El “te regalo un niño apadrinado por Navidad o por tu
cumpleaños” es un fenómeno que empieza a darse con frecuencia y que convierte
la solidaridad en un bien de mercado.

El gran reto que creo que debemos enfrentar
desde los movimientos sociales, ONG y demás entidades del llamado tercer sector
es cómo transformar donantes en militantes. Cambia de vida para cambiar el
mundo es quizás uno de los eslóganes mejor conseguidos y que mejor comunica la
filosofía que hay detrás de una verdadera educación para el desarrollo. Sólo
mediante el cambio de los hábitos de consumo, de ahorro, de estilo de vida, en
definitiva, conseguiremos cambiar el sentido de giro del mundo. Y sólo cuando
el mundo gire en otra dirección conseguiremos que no haya ya niños que
apadrinar, porque no habrá pobreza en el mundo. Esa es la utopía por la que
merece la pena trabajar.

Carlos Ballesteros es Profesor en la Universidad de Comillas, publicado en Público el día 15 de marzo de 2009.

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